Europa lanzó ocho cohetes en 2025. SpaceX lanzó 170.
Esta comparación, citada por el director general de la Agencia Espacial Europea (ESA), Josef Aschbacher, en agosto de 2026, refleja un problema que va más allá de las estadísticas de lanzamientos. La ESA espera ahora que la demanda europea de servicios de lanzamiento alcance su punto máximo alrededor de 2029-2031, impulsada por las constelaciones y misiones previstas, entre ellas IRIS², Galileo, Copernicus y los programas nacionales de defensa. Con la trayectoria actual, es posible que la capacidad de lanzamiento europea no sea suficiente para satisfacer esa demanda, lo que ha llevado a la ESA a estudiar si la producción de Ariane 6 podría incrementarse desde aproximadamente 9-10 lanzamientos al año hasta unos 15, junto con inversiones adicionales en Vega-C y otras capacidades de lanzamiento europeas.
La dificultad no radica simplemente en que Europa realice menos lanzamientos que Estados Unidos. Europa cuenta con un lanzador pesado operativo, Ariane 6; el lanzador más pequeño Vega-C; infraestructuras de lanzamiento consolidadas en la Guayana Francesa; y décadas de experiencia en la fabricación y operación de satélites. El propio Ariane 6 permitió a Europa recuperar el acceso autónomo al espacio en julio de 2024, tras la retirada de Ariane 5 y la interrupción anterior de las operaciones de Vega-C. El problema es que las ambiciones europeas en materia de infraestructura satelital han crecido más rápido que la capacidad industrial disponible para poner esos sistemas en órbita, y el programa IRIS² constituye un ejemplo ilustrativo de esta situación.
El programa de conectividad segura de la Unión Europea se diseñó originalmente en torno a una constelación de más de 290 satélites en órbita terrestre baja y media, respaldada mediante una colaboración público-privada en la que participan la financiación de la UE, las contribuciones de los Estados miembros, la participación de la ESA y la inversión del sector privado.
Actualmente, el programa está entrando en fase de implementación con una arquitectura ampliada de 348 satélites, mientras que la Comisión Europea y el consorcio SpaceRISE han adelantado los primeros lanzamientos a 2029.
Galileo, Copernicus y los programas nacionales de seguridad competirán por el acceso a muchos de los mismos recursos de lanzamiento durante ese mismo periodo. La presión resultante pone de manifiesto un aspecto incómodo de la política espacial europea: disponer de una infraestructura soberana no implica necesariamente tener un acceso soberano a los medios necesarios para desplegarla.
Un gobierno puede ser propietario del sistema de satélites, controlar los datos que este genera y establecer el marco jurídico que regula su funcionamiento, y aun así depender de un número limitado de proveedores de servicios de lanzamiento para poner esos activos en órbita.
La retirada de Ariane 5 en 2023 fue seguida de retrasos en el programa Ariane 6, dejando a Europa sin un lanzador pesado operativo durante aproximadamente un año. Durante ese periodo, las misiones europeas fueron redirigidas hacia proveedores de lanzamiento extranjeros, entre ellos SpaceX.
Este episodio no eliminó la capacidad tecnológica de Europa, pero puso de manifiesto la diferencia entre disponer de los conocimientos y capacidades técnicas necesarios para construir un lanzador y mantener una capacidad industrial de producción suficiente para garantizar el acceso al espacio cuando varios programas gubernamentales lo requieren simultáneamente.
Las implicaciones jurídicas se encuentran principalmente en los acuerdos y estructuras institucionales europeas, más que únicamente en el derecho espacial internacional. Las actividades de lanzamiento siguen estando sujetas a la legislación nacional del Estado responsable del lanzamiento y a las obligaciones internacionales pertinentes derivadas del Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre, el Convenio sobre Responsabilidad y el Convenio sobre el Registro.
El artículo VI del Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre exige a los Estados parte autorizar y supervisar continuamente las actividades de las entidades no gubernamentales, mientras que el artículo VII establece la responsabilidad internacional por los daños causados por objetos espaciales.
Por tanto, Europa no puede considerar la capacidad de lanzamiento simplemente como una mercancía industrial. La disponibilidad de servicios de lanzamiento está vinculada a la capacidad de los Estados para cumplir con sus responsabilidades internacionales respecto de las actividades realizadas por entidades públicas y privadas bajo su jurisdicción.
Desde el punto de vista institucional, la ESA es una organización intergubernamental, la Unión Europea gestiona sus propios programas espaciales e instrumentos regulatorios, los Estados miembros mantienen competencias nacionales y las empresas europeas de lanzamiento operan comercialmente dentro de este marco. Por ello, las decisiones relativas a la capacidad industrial implican varios niveles de autoridad pública.
Una decisión de aumentar la producción del Ariane 6, por ejemplo, no consiste simplemente en encargar más cohetes. Requiere previsiones de demanda, compromisos industriales, financiación, acuerdos de contratación y la suficiente confianza de que la capacidad de producción adicional seguirá siendo comercialmente sostenible.
Es aquí donde el actual debate europeo sobre la capacidad de lanzamiento se convierte en una cuestión de política industrial. Ariane 6 cuenta con una importante cartera de pedidos, incluidos lanzamientos vinculados a la constelación Leo de Amazon, mientras que las misiones institucionales proporcionan otra fuente de demanda.
Al mismo tiempo, los responsables políticos europeos deben decidir cuánta capacidad adicional debería recibir apoyo público y si dicho apoyo debería concentrarse en los lanzadores ya consolidados o distribuirse entre los nuevos proveedores comerciales emergentes.
La respuesta es importante porque la economía de los lanzamientos ha cambiado considerablemente desde que se estableció la arquitectura en torno a Ariane 5. Los vehículos de lanzamiento reutilizables han modificado la relación entre los costes de producción, la frecuencia de los lanzamientos y la utilización de los activos, mientras que empresas verticalmente integradas como SpaceX pueden generar demanda interna a través de sus propias constelaciones de satélites.
Por tanto, la política europea de lanzamientos opera en un mercado en el que el modelo tradicional de mantener un lanzador mediante una combinación de misiones comerciales e institucionales se enfrenta a un entorno competitivo sustancialmente diferente.
A esta complejidad se suma una cuestión relacionada con la contratación pública. Si los gobiernos europeos necesitan una capacidad de lanzamiento soberana para programas estratégicos, la demanda institucional puede proporcionar precisamente la base necesaria para mantener la capacidad industrial. Sin embargo, una dependencia excesiva de los contratos gubernamentales también puede proteger a los proveedores de servicios de lanzamiento de las presiones competitivas del mercado.
El desafío para la política europea consiste en mantener un nivel suficiente de demanda garantizada para preservar la capacidad estratégica, sin crear un sistema en el que la contratación pública se convierta en un sustituto permanente de la competitividad.
La misma cuestión se aplica a los nuevos actores europeos, donde varias empresas emergentes de lanzamiento están desarrollando vehículos destinados a complementar o competir con los sistemas europeos existentes. Su participación podría diversificar la capacidad de lanzamiento, pero incorporar proveedores adicionales requiere algo más que éxito tecnológico. La regulación de los lanzamientos, el acceso a los puertos espaciales, los seguros, la coordinación del espectro radioeléctrico, los requisitos medioambientales y la contratación pública influyen en si un nuevo vehículo puede pasar de una demostración exitosa a convertirse en un servicio comercial sostenible.
Por tanto, la situación de Europa no se describe correctamente como una escasez de cohetes, sino como una falta de capacidad de lanzamiento disponible, escalable y estratégicamente fiable en relación con la infraestructura que los gobiernos pretenden poner en órbita. Esta distinción es importante porque fabricar vehículos adicionales es solo una de las posibles respuestas.
La solución a largo plazo dependerá de si Europa consigue coordinar su demanda de lanzamientos, su base industrial, su sistema de contratación y su marco regulatorio con suficiente antelación para evitar que vuelva a producirse una situación en la que los ambiciosos programas de satélites estén listos antes que los medios necesarios para desplegarlos.
En última instancia, y a modo de conclusión, las decisiones que se están considerando actualmente se proyectan hasta 2035. La importancia de esta cuestión radica en que las infraestructuras de lanzamiento no pueden ampliarse a la misma velocidad con la que puede firmarse un contrato de adquisición de satélites. Las instalaciones de producción, el personal cualificado, las cadenas de suministro, los lugares de lanzamiento y los sistemas regulatorios requieren años de planificación e inversión.
Por ello, la advertencia actual de Europa sirve como un recordatorio de que la soberanía espacial es, en parte, un ejercicio de previsión industrial. El acceso a la órbita puede perderse sin que falle un solo lanzador, simplemente porque la capacidad que se necesitará varios años después no se construyó cuando se identificó por primera vez la demanda.
Para Europa, la cuestión inmediata no es, por tanto, si Ariane 6 puede realizar lanzamientos con éxito. Puede hacerlo. La cuestión más difícil es si el sector europeo de lanzamientos puede realizar suficientes lanzamientos, a través de un número suficiente de proveedores y a un coste suficientemente competitivo, para respaldar la infraestructura estratégica que los gobiernos europeos están planificando actualmente.
La respuesta determinará si los programas destinados a reforzar la autonomía europea contribuyen a consolidar ese objetivo o si seguirán dependiendo de capacidades de lanzamiento situadas fuera del continente.
