Una misión lunar puede requerir años de diseño y preparación y, aun así, depender de una cuestión de días. La misión china Chang’e-7 estaba preparada para su lanzamiento desde Wenchang en agosto de 2026, a bordo de un cohete Larga Marcha 5 que transportaría un orbitador, un módulo de aterrizaje, un vehículo explorador y una sonda capaz de desplazarse mediante saltos, destinados a investigar el entorno del polo sur de la Luna. El 23 de agosto, China anunció que la misión no se llevaría a cabo dentro de la ventana de lanzamiento prevista para 2026, después de que una evaluación exhaustiva concluyera que no se cumplían las condiciones necesarias para el lanzamiento. El anuncio no identificó ningún fallo técnico concreto. Sin embargo, según explicó el Instituto Nacional de Investigación Astronómica de Tailandia, cuyo instrumento CE-7 MATCH forma parte de la misión Chang’e-7, la tormenta tropical Narra había contribuido al retraso y los requisitos específicos de iluminación de la misión impedían aprovechar la oportunidad de lanzamiento restante en 2026. Por tanto, aunque la información disponible públicamente confirma el aplazamiento y las estrictas limitaciones ambientales, no permite concluir que la propia nave espacial haya sufrido un fallo técnico. En cualquier caso, actualmente se prevé que la misión se lleve a cabo durante una nueva ventana de lanzamiento en 2027.
La misión Chang’e-7 presenta una dependencia especialmente significativa de las condiciones del entorno lunar que pretende estudiar. Su objetivo es la región del polo sur, incluidas las zonas permanentemente sombreadas, donde las temperaturas se mantienen extremadamente bajas y donde podrían haberse acumulado depósitos de hielo de agua y otros compuestos volátiles. La sonda de desplazamiento mediante saltos está diseñada para acceder a estos terrenos de difícil exploración, mientras que el orbitador, el módulo de aterrizaje y el vehículo explorador proporcionarán observaciones complementarias. Por consiguiente, el cumplimiento de sus objetivos científicos depende de una adecuada combinación entre el rendimiento de los vehículos espaciales, las condiciones de iluminación lunar y las características geográficas de la región de aterrizaje.
En este contexto, el polo sur lunar se está convirtiendo en uno de los principales focos de interés de la exploración espacial, precisamente porque sus condiciones ambientales ofrecen tanto un importante valor científico como la posibilidad de acceder a recursos potencialmente aprovechables. El programa espacial chino define Chang’e-7 como una misión destinada a estudiar el entorno de la superficie lunar, el agua, el hielo y los elementos volátiles, mientras que Chang’e-8 tiene previsto realizar experimentos relacionados con el aprovechamiento de los recursos lunares. Ambas misiones forman parte del proyecto chino de la Estación Internacional de Investigación Lunar, cuyo modelo básico se prevé completar para 2035.
La infraestructura que se está desarrollando en torno a Chang’e-7 también tiene una importante dimensión internacional. Seis instrumentos científicos de la misión han sido desarrollados mediante la cooperación de Egipto, Baréin, Italia, Rusia, Suiza, Tailandia y la Asociación Internacional del Observatorio Lunar. Estas cargas útiles abarcan desde sistemas de obtención de imágenes de la superficie lunar y retrorreflectores láser hasta instrumentos de observación de la meteorología espacial y medición de la radiación que afecta al sistema climático terrestre.
En consecuencia, la experiencia de Tailandia ante el aplazamiento pone de manifiesto cómo las decisiones que afectan al calendario de una misión dirigida por un Estado repercuten también en sus socios internacionales, que participan aportando instrumentos científicos, equipos de investigación y objetivos propios. De este modo, el retraso de Chang’e-7 no solo afecta a la planificación de la misión china, sino también a las actividades científicas y a los compromisos de cooperación internacional vinculados a ella.
Como se ha señalado en el párrafo anterior, este tipo de misiones son el resultado de la cooperación internacional, uno de los principios fundamentales que rigen las actividades en el espacio ultraterrestre. Por ello, resulta evidente que China no está desarrollando su programa lunar exclusivamente mediante tecnología y equipos de fabricación nacional. La Administración Nacional del Espacio de China (CNSA) ha descrito la Estación Internacional de Investigación Lunar como una infraestructura integrada por elementos situados tanto en la superficie lunar como en órbita, con capacidades previstas que incluyen el suministro de energía, las comunicaciones, la navegación, la exploración de la superficie lunar y el transporte entre la Tierra y la Luna.
En 2025, China informó de que 17 países y organizaciones internacionales, junto con más de 50 instituciones de investigación, se habían incorporado a esta iniciativa. Por consiguiente, esta infraestructura se está desarrollando mediante una combinación de misiones nacionales y contribuciones internacionales, en la que Chang’e-7 y Chang’e-8 se sitúan como componentes iniciales de un sistema concebido para operar a largo plazo. Este desarrollo tiene lugar, además, de forma paralela a la aparición de otro marco de cooperación para las actividades lunares.
Estados Unidos y sus socios han desarrollado los Acuerdos Artemis sobre la base de los principios derivados del Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre, entre los que se incluyen la exploración pacífica, el registro de objetos espaciales, la interoperabilidad, la asistencia en situaciones de emergencia y la divulgación de datos científicos. En septiembre de 2026, un total de 76 países habían suscrito estos Acuerdos.
La Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS) impulsada por China y el marco de los Acuerdos Artemis no constituyen instrumentos jurídicamente idénticos, ni representan versiones contrapuestas de un único régimen internacional. Sin embargo, ambos ponen de manifiesto que la exploración lunar está evolucionando hacia modelos en los que el acceso a infraestructuras esenciales para facilitar el avance científico y la cooperación deberá organizarse a través de diferentes marcos nacionales e institucionales.
Desde la perspectiva del Derecho internacional, el marco jurídico establecido por los tratados vigentes sigue siendo especialmente relevante. El artículo I del Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre reconoce la libertad de exploración y utilización del espacio ultraterrestre, mientras que su artículo II prohíbe la apropiación nacional de la Luna y de otros cuerpos celestes. Asimismo, el Tratado establece la obligación de los Estados de facilitar la cooperación internacional en materia de investigación científica.
Estos principios constituyen la base jurídica sobre la que se están desarrollando los nuevos programas de exploración lunar. No obstante, siguen existiendo importantes cuestiones pendientes de resolver en relación con la gestión de las operaciones sostenidas en el tiempo, el aprovechamiento de los recursos lunares, el establecimiento y la utilización de infraestructuras, así como las interacciones entre los distintos actores que desarrollen actividades en la Luna.
El aplazamiento de Chang’e-7 se produce, por tanto, en un momento especialmente relevante para la exploración lunar. La misión no ha sido abandonada y la información disponible no permite interpretar este retraso como un fracaso del programa lunar chino. La selección cuidadosa de una ventana de lanzamiento forma parte de los desafíos técnicos y de ingeniería que deben afrontarse cuando el objetivo es operar en una de las regiones más exigentes de la superficie lunar.
Lo que este aplazamiento sí pone de manifiesto es hasta qué punto las futuras capacidades de exploración lunar dependerán de la coordinación entre los sistemas de lanzamiento, los vehículos espaciales, las condiciones ambientales, las cargas útiles desarrolladas mediante cooperación internacional y las infraestructuras que deberán desplegarse tras un aterrizaje exitoso.
